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MUJERESVIAJERAS.COM : UNA REFERENCIA A TENER EN CUENTA
Mayo 14, 2008 |
| M |
e gusta pensar que las historias vividas por gente hace tiempo no se extinguen sino que se perpetúan al ser leídas. Uno siente al cerrar uno de estos libros que esas historias se quedan en el aire, flotando en la sala o el dormitorio, impregnando el aire, los muebles, las sábanas y todo lo que tocan, de sensaciones vividas por otras personas. Son historias a las que les gusta el silencio para ser escuchadas. Por eso les va bien la soledad y la clandestinidad de la noche.
Las mejores son las historias de viajes. Son historias que escapan del papel para esconderse bajo la almohada o en las maletas. Historias que dejan un rastro de humedad tropical, de calor y de olores extraños; que se quedan ahí esperando para sorprendernos un día cualquiera, para ser revividas de nuevo. Historias que nos dejan un poso pegado en algún lugar de nuestra anatomía, que llegan directamente, sin interferencias, a algún rincón profundo y se instalan plácidamente para emerger en un momento inesperado.
A las historias de viajes les gusta las butacas cómodas, la luz indirecta y el sonido de la lluvia. Son historias para ser digeridas a cámara lenta, que a veces parecen no decir nada pero que lo dicen todo. Historias que tienen la cualidad de trasportarnos; que tiene sonido de ferrocarril y olor a hoguera. Historias cargadas de despedidas, de encuentros, de soledades. Historias de ida y vuelta, de búsquedas y encuentros… Lo único que mata a una buena historia de viajes es la falta de imaginación, pues sin imaginación no hay viaje posible, y este tipo de historias son una invitación a soñar y a viajar.
Cuando se piensa en los viajes asociados al siglo XIX, la figura que invariablemente acude a nosotros es la de “el gran explorador”. Es natural, fue una era marcada por las expediciones y los descubrimientos geográficos, pensada y protagonizada por el hombre. Uno observa todo ese ruido, ese enorme trasiego de las grandes exploraciones y resulta fascinante descubrir las silenciosas hileras de todas aquellas mujeres de largas faldas que desfilaron por el mundo. Mientras ellos comerciaban, domeñaban y exploraban, ellas se detuvieron para observar su reflejo. Esto es lo que legaron al mundo, reflejos y luces de regiones demasiado remotas, demasiado ajenas o extrañas para la visión occidental. A su manera, todas ellas son tocones al borde del camino, en la misión de la aldea, a orillas del río o en la jungla y aunque su sexo o condición en aquello escenarios reservados al hombre no se correspondieran con el mundo que las tocó vivir, se conformaron con pasar inadvertidas y nadie puede decir que el anonimato sea un pecado.
Desde que Egeria, la primera viajera documentada de la Historia, demostrara en el siglo IV que una europea podía aventurarse por Tierra Santa y salir con vida del envite, muchas otras mujeres fueron dando sentido y bandera a una forma de rebeldía interior y con su bolsa colgada al hombro, o sus baúles a cuestas, salieron a la luz y al calor de otras latitudes. Esta iniciativa, pretende acercarnos a todas aquellas “grandes damas” que en el siglo XIX contribuyeron a dejar bien claro que viajar resulta un ejercicio saludable para cualquier adulto, incluida la mujer. Se han quedado algunas en el tintero porque rozan ya otra época y aunque confieso haber hecho trampa en el caso de algunas como Margaret Fountaine, cuyas andanzas tienen como escenario el siglo XX, justifico el lapsus porque esta inglesa enamorada de las mariposas siempre tuvo un aire antiguo. Se ha omitido también a Alexandra David Neel, que hizo de los Himalayas el hogar y el destino de su gran peregrinaje interior. Tal vez 101 años es una edad demasiado longeva para hacer el último viaje, ese del que no se regresa, y en su caso a pesar de haber nacido en el siglo XIX sus andanzas se proyectaron sobre todo en el siguiente.
Tampoco se ha incluido a Fanny Stevenson quien hace honor como muy pocas al famoso dicho de que “Detrás de un gran hombre hay una gran mujer”. Fue quizás la gran viajera, porque como los peces que no pueden dejar de moverse para respirar, coleteó por medio mundo para sentirse viva y dar una esperanza de vida al único hombre que amó. Tal vez, en el fondo, la Isla del Tesoro no estaba donde todos creíamos y fue el lugar imaginario donde preservaron su amor, o tal vez siempre estuvo en la amada Samoa, en lo alto de la colina donde los nativos enterraron al gran escritor que siempre fue su amigo y al que ella se uniría años después al ser esparcidas sus cenizas siguiendo sus deseos. Pero eso es algo que nunca sabremos y que al fin y al cabo tampoco viene ahora al caso.
Al final todo se resume a estar dispuesto a ser propulsado a algún remoto lugar, no importa el momento, la era o las circunstancias. Sin duda, habrá merecido la pena y al igual que Julia Archibald Holms, otra gran dama victoriana, al menos podremos decir:
“He cumplido el objetivo que me propuse… Casi todos intentaban disuadirme de que lo intentara, pero creía que debía conseguirlo”.
Pilar Tejera
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